“Aún hay jueces en Berlín”

Avogados_Novos
15 Maio, 2014

   El otro día en una reunión de Avogados Novos, una compañera mencionó esta frase que  yo desconocía y nos contó su historia, me quedó grabada y me puse a investigar sobre su origen.

   Cuenta la leyenda que una buena mañana del siglo XVIII, en Potsdam, el Rey Federico II “El Grande” de Prusia, estaba  molesto porque un molino cercano a su palacio de Sanssouci afeaba el paisaje. Bien es sabido que el capricho de los reyes no tenía límites, y por ello, de inmediato, quiso Federico comprar al molinero – hombre honesto y orgulloso de su propiedad adquirida a lo largo de años de tenaz esfuerzo- su molino, por lo que envió a un edecán a que lo comprara por el doble de su valor, para luego demolerlo.

   Al regresar el emisario real con la oferta rechazada, el rey Federico II de Prusia se dirigió al molinero, duplicando la oferta anterior. Y como éste volviera a declinar la oferta de Su Majestad, Federico II de Prusia se retiró advirtiéndole solemnemente que si al finalizar el día no aceptaba por fin la oferta perdería todo, pues a la mañana siguiente firmaría un decreto expropiando el molino sin compensación alguna. Al anochecer el molinero se presentó en el palacio y el Rey lo recibió, preguntándole si comprendía ya cuán justo y generoso había sido con él. Sin embargo, el campesino se descubrió y entregó a Federico II una orden judicial que prohibía a la Corona expropiar y demoler un molino sólo por capricho personal. Y mientras Federico II leía en voz alta la medida cautelar, funcionarios y cortesanos temblaban imaginando la furia que desataría contra el terco campesino y el temerario Magistrado. Pero concluida la lectura de la resolución judicial, y ante el asombro de todos, Federico “El Grande” levantó la mirada y declaró: “Veo con alborozo que aún hay jueces en Berlín”. Saludó al molinero y se retiró visiblemente satisfecho por el funcionamiento institucional de su reino, aseguran los cronistas de palacio.

   Como leyenda que es hay varias versiones de la misma, otra de ellas es que Federico II “El Grande”, Rey de Prusia, había mandado demoler un viejo molino que afeaba la vista de su majestuoso palacio. El molinero afectado recurrió a la Justicia en defensa de sus intereses y el juez condenó al monarca a pagar daños y perjuicios y a reedificar el molino. Contra la creencia general de que se negaría a someterse a la sentencia, el rey exclamó satisfecho: “Veo con alborozo que aún hay jueces en Berlín“.

  Y otra en la que el que dice la frase no es el Rey sino el molinero:

Habiendo hecho llamar el Rey al molinero, quien presto salió del molino restregándose ambas manos en el delantal que cubría sus sencillas vestimentas:

– Arnaldo, me han dicho que este molino es tuyo. Quiero comprártelo.

– Mucho me temo, Señor -contestó Arnaldo- que el molino no está en venta.

 Entonces, el Rey gritó:

– ¿¡Cómo!? ¿Es acaso que no comprendes la gracia real de que eres objeto? ¡Si lo puedo tomar sin pagártelo!

 Arnaldo, con inusitado aplomo y profunda serenidad, respondió al monarca:

– Sí, señor, pero aún hay Jueces en Berlín.

 Afirman que, en aquel momento la cólera de Federico se disipó, feliz de hallar en Prusia a alguien que creyera en la Justicia.

 Tiempo después, el hijo del molinero quiso cederle la propiedad al Rey, pero entonces el monarca contestó:

– Este molino no es vuestro ni mío, pertenece a la Historia.

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